
Escrito por Javier Giral Palasí.
En primer lugar hay que recordar algo obvio: el general Franco no era un político, aunque estuvo tentado de presentarse por la CEDA por Cuenca para la segunda vuelta de 1936. Franco no había formado ningún partido político antes de 1936, como sí lo hicieron los clásicos políticos nacional-socialistas, como Mussolini y Hitler, quienes se inspiraron en los métodos bolcheviques de agitación, propaganda y organización política de sus miembros en vanguardias revolucionarias, preparadas para presentarse a las elecciones y dispuestas a tomar el poder a través de las urnas y/o la “revolución nacional”.
Franco tampoco estaba afiliado a Falange Española, el partido inspirado en el partido Fascista italiano; y sus simpatías en los años de la II República española giraban en torno a los partidos católicos y monárquicos de la derecha, como la CEDA y Renovación Española. Al mismo tiempo Franco acataba la legalidad republicana, aunque la II República Española no le agradase, y se mantuvo fiel a ella hasta julio de 1936, mientras todas las fuerzas políticas de la izquierda conspiraban o se rebelaban contra ella. Incluso aquella II República nombró a Franco Jefe del Estado Mayor en su período conservador (1933-1936).
La vida anterior a 1936 del general Franco es la vida de un prestigioso militar, el general más joven de Europa desde los tiempos de Napoleón, que consiguió la mayor parte de sus ascensos por honores de guerra, con 130 batallas en primera línea de combate. Se trata de la vida básicamente de un general africanista del ejército español.
Ideológicamente era una persona conservadora arraigada a las tradiciones españolas, católica, contrarrevolucionaria y monárquica; y que en contra de la opinión mayoritaria consideraba que Alfonso XIII había sido un buen rey; y poco más se podría añadir de la ideología de un personaje que distaba ampliamente del socialismo fascista.
Un militar que hasta que no se hizo evidente la violación sistemática de las leyes republicanas por quienes debían velar por ellas, a lo que se añadió el asesinato del líder de la oposición José Calvo Sotelo, no se sublevó junto a otros generales y una parte del ejército español. La pregunta sería: ¿Quién detiene a un gobierno que tras el fraude electoral se hace con el poder y lleva a cabo un proyecto revolucionario e ilegal que incluye aniquilar o anular al menos a la mitad de la nación? La respuesta la podemos hallar, por ejemplo, en nuestra actual Constitución de 1978, cuando en el artículo 8. 1 dice que las Fuerzas Armadas tienen la obligación de defender la integridad territorial y el ordenamiento jurídico.
Franco, que no era el líder de un partido nacional-socialista o “fascista”, tampoco fue el organizador del golpe de estado de julio de 1936 que derivó en una guerra de liberación para los unos y en una revolución en marcha para los otros. El organizador fue el general Mola, un general con ideas republicanas que en principio sólo pretendía poner orden y acabar con los desmanes revolucionarios del Frente Popular. Al frente de la insurrección debía ponerse el general San Jurjo exiliado en Portugal, el cual murió en un trágico accidente de avión a los 2 días del alzamiento y cuando despegaba de Estoril en dirección a España para ponerse al mando de la sublevación. En cuanto a los falangistas y carlistas, Mola se limitó a contar con ellos en la elaboración del golpe, no exento de importantes dificultades para llegar a un entendimiento.






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